Ayer fue un día de lluvias y tormentas. La jornada y mis emociones coincidían mientras la angustia no dejaba en paz mi corazón apenado. Lloré mucho y aún no comprendo muy bien los motivos. Viviana llega a la consulta y sus palabras brotan buscando el espacio que le brinde un lugar. Las peleas con mi pareja son cada vez mas intensas al igual que las reconciliaciones. No sé si peleamos por nuestras muchas diferencias o por tratar de disminuir ese espacio. Cada uno queda en un extremo de la situación defendiéndose uno del otro. Sus posiciones y las mías están bien, ambos sabemos que no hay un único modo de ver las cosas, comprendemos que hay diferencias pero nos cuesta resolverlas. ¿Cómo sostener las diferencias sin lastimarnos? ¿Por qué nos lastimamos? ¿Qué nos impide hablar, contarnos lo que nos hace mal y tratar de ver como podemos hacer para que eso no suceda?
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En estos tiempos que corren, me detuve a pensar como trabajador de salud mental, cuánta es la gente que nos consulta por cuestiones que tienen que ver con la autoestima, es así que haciendo un repaso de los diversos procesos terapéuticos que iniciamos como profesionales junto a los pacientes, pensaba que eran pocas las veces que en las primeras entrevistas alguien se manifestaba de modo explícito diciendo: —Licenciado, vengo a consultar porque tengo la autoestima baja… Luego de esto, me pregunté entonces: ¿Pero cuánta es la gente que aunque no lo diga de modo explícito, verificamos, en el curso del proceso terapéutico, que sin dudas se encuentra con la estimación del propio Yo muy disminuida? Ya no eran tan pocos los casos, pensé que no sólo nos encontramos con una gran cantidad de casos en los que subyace una desvalorización del propio Yo, sino que en muchas circunstancias existe de modo manifiesto o latente un automaltrato y una autodenigración muy severa. Más allá de los libros académicos de psicología, psicoterapia o psicoanálisis, la infinidad de libros que se venden y circulan denominados de autoayuda o manuales para ayudarse a uno mismo, etc. donde los autores, sean profesionales de la salud o no, entienden y han diagnosticado muy bien que dentro de una sociedad hay niveles de sufrimientos muy altos y es muchísima la cantidad de gente que se aferra y consume este material literario donde se instruye para “auto-ayudarse a sí mismo”.
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Eduardo solicita la consulta con mucha urgencia, aquejado por una situación familiar desencadenada poco tiempo atrás. Casado hace veinte años, con cuatro hijos adolescentes, es abandonado por su mujer, quien hace ostensible una relación con su amante, frente a sus hijos, y al propio marido. Las entrevistas giran alrededor del tema de su enojo con Nancy y también con sus hijos, a los cuáles responsabiliza de ser cómplices de la madre. Se agrega al cuadro, la dificultad de Eduardo de hacerse cargo del funcionamiento de la casa, pues durante su matrimonio, siempre fue ajeno a los conflictos domésticos, a pesar que la mujer requería su intervención. Ante la urgencia se constituye como un padre severo y su manera de actuar genera el rechazo de los hijos. — No se cómo ser un padre, no puedo sostener el NO —dice angustiado. —Yo no sé discutir, soy un pollo mojado —agrega. —¿Pollo mojado? —lo interrogo puntualizando sus palabras.
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Diego llama una tarde pidiendo tratamiento. Su llamado es inquietante, su voz se escucha como dentro de una caja, una voz grave y entrecortada que se asemejaba a uno de esos llamados macabros en las películas de terror. Se presenta mirándome fija y oscuramente al tiempo que la sensación percibida en la llamada se acentúa.
—Mi vida es una mentira, yo siempre miento y vengo aquí a decir toda la verdad. —así comienza su diálogo, expresando que verdad y mentira son sólo palabras vacías.
En la segunda sesión Diego comenta su gran preocupación: está enamorado de una chica que conoció en el trabajo.
—Con Susana, estamos muy conectados, es inteligente, hay un enganche mental muy bueno. Las mujeres inteligentes me pueden. Pensamos del mismo modo y somos muy sinceros entre nosotros. A ella es a la única mujer que le cuento la verdad. —puntualiza, tratando de aclarar algo de lo que ocurre:
—Susana se enojó mucho por un chiste que le hice y esto me desespera, le escribo y no me contesta.
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Victoria tiene 39 años, ha formado una hermosa familia y llega una tarde muy conmovida con la reciente pérdida de su abuelo. —Perder a los abuelos es perder el juguete que más quisiste en tu niñez. Es sentir que ese vestido que usaste durante tantos años, el que más te gustaba, el que más cuidabas… ya no te entra más. —rememora con nostalgia continuando su relato: —Un abuelo te lleva siempre a ese lugarcito cálido de la infancia. Cada abrazo suyo es tener nuevamente cinco años. Es repetir tu historia, una y otra vez, en cada momento que te cuenta las anécdotas de cuando éramos niños. Es tener siempre en el presente una foto de tus travesuras, de las vueltas en calesita, de las peleas con los primos y de los helados que compartíamos después. Cuando tu abuelo ya no está se pierde la ilusión del reencuentro familiar. De las fiestas navideñas y los cumpleaños. Comenzás a extrañar el refunfuño de los padres y los gritos de los tíos.
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Marcelo llega de su viaje conmovido por tanto revuelo de sentimientos. Regresa del pueblo de sus padres, donde comenzó su historia. Sus padres eran de un pueblito pintoresco de la provincia de Buenos Aires, donde las tradiciones y las amistades tienen lazos muy fuertes. Ellos eran amigos de niños y desde allí ya habían decidido que sus vidas estarían unidas en un “para siempre”. Marcelo, siempre sintió que el “para siempre” era mucho y era casi inexistente a la vez, pero lo emocionaba el amor que se tenían sus padres. Tanto amor, un amor tan grande que para él era un ejemplo inalcanzable. El quería un amor así “para toda la vida” pero, ¿cómo esperar un “para toda la vida” si es prácticamente imposible? —Usted que es psicóloga, usted que sabe lo que me pasa, ¿cómo contestaría mi pregunta? —me interroga. —¿Cuál es tu pregunta? —interrogo a mi vez. —¿Cómo encontrar un amor para siempre, si el “para siempre” no existe? —insiste. —¿Y vos que pensás? —continúo interrogando. —Viajé a Uribelarrea para ver si en ese lugar existe “el para siempre”, tal vez su cultura, sus costumbres y su forma de ser, crean algo que pueda hacerlo existir... no sé lo que quería encontrar pero volví mas ansioso que antes. —concluye. —¿Por qué, más…?
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Ante cualquier procedimiento quirúrgico, la angustia puede jugar una mala pasada. El sentimiento de soledad, la enfermedad misma o las dudas con respecto al cirujano, al anestesiólogo y a los procedimientos a la hora de la cirugía pueden volverse en contra.
La consulta con un profesional puede ayudarte a evacuar todas las dudas, e inclusive, llegado el caso, el profesional puede estar a tu lado en ese momento acompañándote a enfrentar el procedimiento. Generar lazos de confianza en un buen “acompañamiento a cirugía” generara seguridad y tranquilidad redundando en beneficio de los resultados.
Podés consultarnos para transitar dicho momento asistido en compañía y experiencia.
Dra. Nélida Cristina Benítez Médica clínica. Anestesióloga Especialista en psicoprofilaxis quirúrgica
Ana terminaba quinto año y no estaba preocupada aunque aún no había decidido qué carrera continuaría estudiando. Sentía que la decisión estaba cerca. A ella le gustaban las matemáticas y las cuestiones relativas a lo contable. Tenía cierta afinidad y le resultaba muy sencillo. Los test de Orientación Vocacional realizados en el colegio la guiaban hacia los mismos lugares. Todo fue cuestión de terminar de definir entre Ingeniería en Sistemas o Ciencias Económicas. La primera carrera le “tiraba” más. Ella y sus padres soñaban cómo quedaría ese título colgado en la pared. En ese tiempo, una amiga la invita a participar de un proceso de Orientación Vocacional y acepta sólo para acompañarla. Y aunque los resultados de algunos test continuaron siendo los mismos, algo comienza a suceder, algo que no se esperaba. Por distintas actividades, por el trabajo en grupo, por el proceso mismo, empieza a descubrir algo más en ella.
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